- Parte 1 — La autoestima dependiente, una conducta aprendida
- Parte 2 — De la autoestima dependiente a la autoestima genuina
- Parte 3 — Acompañar, validar, confiar: la crianza que construye identidad y fortaleza emocional
La autoestima dependiente y contingente —ya sea alta, baja, estable o inestable—, vinculada a la aprobación de los demás, es una conducta aprendida por nuestra mente, principalmente en nuestra infancia y adolescencia. Dependiendo de nuestras respuestas a ella, puede convertirse en una barrera importante para nuestro desempeño familiar, social, académico y profesional, así como para nuestro autocuidado y la construcción de nuestro autoconcepto auténtico.
Autoconcepto, resiliencia y autoeficacia: tres piezas del mismo puzzle
Cuando definimos con sinceridad e intimidad nuestro autoconcepto, pensamos en nuestra persona de forma integral: cómo nos percibimos y cómo nos comprendemos. Abarcamos la percepción, observación y comprensión en primer lugar como ser humano, nuestras características físicas, nuestra resiliencia, nuestra autoeficacia, roles sociales, creencias, valores… y del mundo, de los cambios que transcurren ante nuestros ojos mientras cumplimos años.
La resiliencia y la autoeficacia son conceptos relacionados pero diferentes. Nuestra resiliencia es la capacidad que todos tenemos para adaptarnos, recuperarnos y crecer frente a situaciones de adversidad, trauma, estrés o dificultades. Implica nuestra habilidad de resistir, resolver, superar y aprender de los desafíos, fortaleciéndonos en el proceso. Si la identidad propia está bien construida, con perspectiva y es auténtica, formaremos un alto nivel de resiliencia psicológica.
Nuestra autoeficacia es nuestra creencia en la capacidad que tenemos para ejecutar y completar con éxito una tarea específica o alcanzar un objetivo en particular. Cuando esta competencia es equilibrada y positiva, se basa en la confianza en nosotros mismos para manejar situaciones y lograr el progresivo rendimiento deseado conforme a nuestros verdaderos valores y desde nuestras fortalezas y debilidades.
El autoconcepto —nuestra identidad, yo, ego— es una construcción cognitiva, una conducta privada, que hemos ido aprendiendo a lo largo de nuestra vida desde bebé. Está condicionado por nuestra autoestima: cómo evaluamos el valor que tiene para nosotros nuestra imagen, nuestras competencias, nuestras creencias… y el grado de seguridad percibido en nuestro contexto familiar y en las relaciones cercanas.
El establecimiento de la identidad propia es la tarea de desarrollo psicológico más importante. Una identidad auténtica nos permite ver, ser y estar en el mundo tal y como es, en lugar de que sea nuestra mente quien nos diga cómo y qué es.
Cómo se construye la autoestima dependiente
La autoestima que determina la estabilidad de nuestro autoconcepto, nuestra resiliencia y nuestra autoeficacia es un constructo configurado por pensamientos de nuestra mente sobre nuestro propio valor. Se aprende, se moldela y se modela en nuestras interrelaciones con el entorno, desde la temprana crianza —con el tipo de apego seguro o inseguro desde bebé— y condicionado por una sociedad impregnada de normatividad, competitividad y perfeccionismo.
Esta autoestima es contingente cuando depende de factores externos como el logro de resultados conforme a objetivos autoimpuestos no realistas, alejados de nuestros valores, o definidos por personas relevantes. Surge porque no consideramos que nuestro yo tenga un valor intrínseco, sino que vinculamos su valor al éxito, a ganar.
En muchas ocasiones se configura exclusivamente a base de comparaciones sociales, juicios y críticas externas vinculados a una norma inexistente —"lo normal"—, ya sea familiar, social, educativa o relacionada con la imagen corporal. Familia, amigos, colegas, profesores, jefes, incluso desconocidos, pueden constituirse en jueces de nuestro valor y condicionar nuestra autopercepción y nuestro autoconcepto.
El coste de depender de la mirada del otro
Esta dependencia de la validación externa es una barrera para llevar una vida auténtica y para la formación y consolidación de nuestra identidad con libertad. Un contexto educativo o un estilo de crianza altamente crítico, competitivo y comparativo lleva a perder confianza e incluso a desarrollar indefensión aprendida, reduciendo la voluntad de participar en la autoexploración y la autoaceptación.
Los estilos negativos de crianza parental, como el control y la comparación excesiva, harán que los hijos presten demasiada atención a los resultados, a ganar y perder, ignorando la realización de su propia valía y produciendo autoconceptos más negativos. La consideración académica condicional es un ejemplo claro: mostrar más afecto cuando se obtienen buenas notas, y menos cuando las notas son malas.
Nadie puede valorar toda la complejidad, riqueza y versatilidad de nuestro yo. Y, por supuesto, nadie puede decir en qué momento nuestro yo no es suficientemente bueno, ni para quién, ni en qué situación.
La autoestima dependiente baja: cuando la mente nos paraliza
Si hemos aprendido a vivir con una autoestima dependiente habitualmente baja, nuestro autoconcepto se habrá construido de forma negativa con pensamientos como:
- "No soy lo suficientemente bueno" o "No hago lo suficiente"
- "Los demás son mejores, más capaces, más idóneos"
- "No soy digno de ser amado"
- "Siempre hago algo mal", "No valgo para nada"
- "Volveré a fracasar porque me equivocaré como siempre"
- "Todos se reirán de mí y haré el ridículo"
- "Se darán cuenta de que no soy lo que parezco y me rechazarán"
- "No quiero volver a sufrir, a pasar por lo mismo"
Son ejemplos del lenguaje de la autoestima dependiente que nos hacen sentir mal, nerviosos, incapaces, insatisfechos, miedosos e inseguros, condicionando nuestra capacidad para adaptarnos, tomar decisiones y avanzar hacia las cosas de la vida que nos importan. La historia de nuestra autoestima dependiente nos anima a estar quietos, a procrastinar, sin salir de la zona de confort.
La autoestima dependiente alta: una trampa diferente pero igual de limitante
Si nuestra mente percibe que estamos por encima de la media, experimentamos una autoestima dependiente alta que puede generar otra forma de inflexibilidad. Frases como "Yo soy perfecto", "Soy superior a los demás", "El fracaso es un signo de debilidad" o "La crítica significa que no soy bueno" nos llevan a evitar situaciones desafiantes por miedo a perder esa superioridad, a no reconocer errores, a culpabilizar a los demás y a ser poco receptivos a la crítica constructiva.
Una autoestima dependiente siempre alta puede conducir al ensimismamiento, al egocentrismo, al orgullo insano y al narcisismo. Las personas así pueden experimentar envidia hacia quienes amenazan su estatus e inhibir su comportamiento prosocial con aquellas personas que consideran exitosas.
La autoestima dependiente, tanto la baja como la alta, se convierte en un filtro omnipresente que interpreta nuestras acciones a través de la lente de la validación externa y no nos deja ver nuestros verdaderos valores.
Las consecuencias en el cuerpo y en la vida
El diálogo interno negativo de nuestra mente puede llevarnos a la autocrítica, la culpa, la vergüenza, la envidia, el autodesprecio y la rumiación. La vergüenza, como experiencia subjetiva aprendida, suele asociarse a conductas como sonrojarse, evitar el contacto visual, el deseo de esconderse o escapar.
Al darle vueltas a estas situaciones de vergüenza, entramos en bucle y como consecuencia dormimos mal, nos oprime el pecho, nos falta el aire, nos quedamos en blanco, experimentamos taquicardias, nos duele el estómago, nos ponemos en defensiva y nos inunda la impulsividad.
Una autoestima dependiente disminuye la percepción de nuestra capacidad para salir airosos de las situaciones —nuestra autoeficacia— y nos crea inseguridad y desconfianza. Nuestra resiliencia se ve desfavorecida por la inflexibilidad e hiperreflexividad psicológicas propias de una autoestima exclusivamente dependiente. De este modo, el estrés normal ante un desafío se transforma en ansiedad, miedo o pánico.
El camino hacia la autoaceptación
Todos somos seres humanos propensos a cometer errores y enfrentar fracasos. Pretender ser inmune a estas adversidades es ilusorio y contraproducente. Aceptar nuestra humanidad es el primer paso hacia la autoaceptación y la autocompasión, liberándonos de la presión de la perfección y permitiéndonos aprender y crecer a partir de nuestras experiencias.
La autocompasión nos brinda la capacidad de ser amables con nosotros mismos en momentos difíciles, fortaleciendo nuestra resiliencia y una autoestima genuina no dependiente. La verdadera fortaleza radica en aceptar nuestras debilidades y fortalezas, nuestros éxitos y fracasos, y cultivar la humildad que nos permite afrontar los desafíos y construir la vida que deseamos vivir.
La autoestima es uno de los principales predictores de la satisfacción con la vida y del bienestar mental. La autoestima dependiente es insegura y varía en función de las circunstancias externas, conduciendo a tensión y presión constantes. Por el contrario, se espera que la mayor satisfacción con la vida coincida con una autoestima genuina y autocompasiva, óptima y segura.
- Parte 1 — La autoestima dependiente, una conducta aprendida
- Parte 2 — De la autoestima dependiente a la autoestima genuina
- Parte 3 — Acompañar, validar, confiar: la crianza que construye identidad y fortaleza emocional
José Javier